domingo, 11 de septiembre de 2011

LOS BOMBEROS Mario Benedetti

Olegario no sólo fue un as del presentimiento, sino que además siempre estuvo muy orgulloso de su poder. A veces se quedaba absorto por un instante, y luego decía: "Mañana va a llover". Y llovía. Otras veces se rascaba la nuca y anunciaba: "El martes saldrá el 57 a la cabeza". Y el martes salía el 57 a la cabeza. Entre sus amigos gozaba de una admiración sin límites.

Algunos de ellos recuerdan el más famoso de sus aciertos. Caminaban con él frente a la Universidad, cuando de pronto el aire matutino fue atravesado por el sonido y la furia de los bomberos. Olegario sonrió de modo casi imperceptible, y dijo: "Es posible que mi casa se esté quemando".

Llamaron un taxi y encargaron al chofer que siguiera de cerca a los bomberos. Éstos tomaron por Rivera, y Olegario dijo: "Es casi seguro que mi casa se esté quemando". Los amigos guardaron un respetuoso y afable silencio; tanto lo admiraban.

Los bomberos siguieron por Pereyra y la nerviosidad llegó a su colmo. Cuando doblaron por la calle en que vivía Olegario, los amigos se pusieron tiesos de expectativa. Por fin, frente mismo a la llameante casa de Olegario, el carro de bomberos se detuvo y los hombres comenzaron rápida y serenamente los preparativos de rigor. De vez en cuando, desde las ventanas de la planta alta, alguna astilla volaba por los aires.

Con toda parsimonia, Olegario bajó del taxi. Se acomodó el nudo de la corbata, y luego, con un aire de humilde vencedor, se aprestó a recibir las felicitaciones y los abrazos de sus buenos amigos.

jueves, 8 de septiembre de 2011

CONFIDENCIAS

Sentada en su silla nueva contemplaba el mar, ya hacía varios años que no podía tumbarse en la arena, como antes, en la toalla... su amiga, esa que la acompaña a todas partes se lo impedía; pero eso no era motivo para no sentirse feliz, experimentar tanta paz, tanta tranquilidad... tantas sensaciones. El mar... la arena, la playa...

Era un viaje demasiado largo, un reto; llevaba una maleta llena de miedos, de inseguridades, de angustia... pero se fue quedando por el camino.

Había recorrido ese mismo trayecto muchas veces, pero ahora era distinto; la ilusión iba apareciendo, así, timidamente...

Mirar el mar... despojarse de lo que no sirve, y no pensar en nada, sólo vivir el momento, los momentos; contemplar el agua, ver a la gente paseando por la orilla, cuerpos esculturales, preparados para lucirlos... otros desgastados por el tiempo, pero no por ello menos hermosos; los niños jugando en la orilla, con los cubos.

Sentirse transportada, pisar la arena...; de vez en cuando daba un vistazo a "Valquirias" de Paulo Coelho, pero no era el momento más apropiado para la lectura, el libro seguiría ahí, volvería otra vez en la maleta... pero había que vivir con intensidad cada minuto, cada segundo allí, porque los días pasarían enseguida... y el mar, la playa, se quedarían a cientos de kilometros.

Le gustaba verlo perderse entre la gente, y sobre todo, le gustaba verlo regresar...

Paseos, regalos, llamadas de teléfono, risas y más risas, comidas apetitosas, postres exquisitos.

Parecía que acababan de instalarse en aquella bonita habitación, de un hotel que les resultaba tan familiar, cuando llegó la hora de recoger la ropa, hacer las maletas... el regreso a casa, con un poco de color, del sol, del aire...de la playa, de las vacaciones.

Se despertó temprano, o quizás no se llegó a dormir... había tenido un sueño muy agradable, se había sentido muy feliz, o no era un sueño?

Las maletas aún sin deshacer le hicieron volver a la realidad. No, no era un sueño, pero seguiría recordándolo así...